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"No hagan olas"

Decían los personajes de un cuento de Elsa Bornemann que leí hace más de diez años por última vez. Hoy me acuerdo y lo vuelvo a tomar: "Cantaban. sí, cantaban sumergidos -hasta el borde de los labios- en una densa materia oscura. Fétida. Repulsiva. Dentro de una piscina sin límites, cantaban. Inmóviles, reiterando ese "no hagan olas", a manera de alerta. ¿Alerta? Trataban de que la marea de heces dentro de la cual estaban parados hasta el chau de los tiempos se mantuviera en reposo. Porque al menor movimiento -¡zápate!- se formaban ondas que hacían que... la... este... el, digamos... detritus biológico... superara el nivel de sus bocas. " No hagan olas, no hagas olas, repito hasta el hastío. Porque estoy hasta las comisuras. No me doy a mí misma ni un segundo de paz. Y no dejan de venir las olas, de todas partes. No es sólo lo que ya sabemos, lo que hace más de un mes me está pasando, no sólo es la ausencia , también son otras presencias, otros quilombos,...

Desenlaces

La barrita negra aparece y desaparece. Tengo el té adelante y es finalmente el momento de abrir, descomprimir, soltarme. Medité dónde iba a escribir todo esto y concluí que estoy en el mejor lugar. Aunque cualquiera hubiese dado lo mismo.  Porque si tengo que, de algún modo, encasillar lo que me pasa, me encuentro a mí misma pensando sin limitaciones en un millón de asuntos diferentes, en mí, en él, en nosotros, el tiempo la vida y más conceptos de ese estilo (en qué piensa uno cuando piensa en alguien que ama?) y se siente como no pensar en nada. Es una desnudez... por un lado insoportable y por otro, casi normal. Tengo la sensación de que no hay nada, de que no soy nada. Y poco tiene que ver con que con él era algo... con él fui algo hace tanto tiempo ya. Nadie debería llegar a este punto siendo tan joven. Nadie debería ver cómo la más tierna construcción que se puede engendrar en base a sentimientos compartidos, termina erosionada hasta los cimientos por la llana y simple a...

Instantánea #9: Ya veremos

Después de todo este tiempo, de todo  esto que nos pasó juntos, el pibe y yo decidimos que no daba para más. Lo escribo acá, porque es otro nuevo punto de partida, otro final-comienzo esta vez irremediable que tengo que afrontar, absolutamente dolorida y aterrada. Lo escribo porque por fin estoy siendo sincera al respecto, sincera con ustedes y, por sobre todo, conmigo. Porque no puedo negar que esto iba a llegar y lo tapé en mi cabeza con todos los mecanismos posibles. El lado bueno de esa negación es que el día que decidimos separarnos fue cuatro días antes de uno de mis primeros parciales de la carrera. De los parciales grosos, de esos que caen los tres la misma semana y te drenan la vida completamente. A pesar del agujero negro que tengo en la cabeza me dije que no me iba a dejar vencer por una "simple emoción" (sí... esas excusas me pongo a mí misma) y decidí que esto no me iba a arruinar la vida facultativa. De modo que aún no tengo claro si estoy escondiendo un masaco...

De cómo no puedo evitar enamorarme

El único precedente fue uno que llegaba, abría la puerta e inundaba la habitación con su perfume... pero no se compara con esta magnitud. Además, desde el principio no hubo dudas, desde el momento en el que lo registré, veinteañero, sentado al lado de su colega, escuchándola hablar sin emitir palabra con la mirada entornada en señal de respeto. Cuando por fin abrió la boca no hizo más que inflar el esbozo de idea que ya tenía en la cabeza sobre él: la voz grave, los modos, y por sobre todo la sonrisa deslumbrante que acompañó a sus palabras de ánimo y complicidad. A esa altura la idea ya estaba clara en mi cabeza: mierda, qué bueno que está este tipo. Y mientras llegaba a esa conclusión, él se daba vuelta a anotar lo que sería el primero de tantos... ejercicios de matemática. Así es. Tanto como odio ir a las clases, tanto me gusta el profesor. Carajo. La mayoría del tiempo puedo contemplarlo sin quedar en ridículo; su barba morocha, su cuerpo esbelto que se pone sutilmente e...

La intolerante #8: popurrí indeseable

Hace mucho que no soy UNA INTOLERANTE así con mayúsculas y una actitud bien conchuda hacia la vida. Pero hoy sí. Y lo mejor, es que es en forma de top five, porque hoy soy minita y mucho. En el puesto número cinco... matemática. En el secundario nos llevábamos bien. En el CBC tuve que tomármela con la cantidad de soda equivalente al camión de Ivess. En la carrera, la razón de su existir es pura y exclusivamente romperme las pelotas con sus teoremas, sus hipótesis y sus demostraciones que tienen la misma relevancia en mi vida que el polvo pédico. En el puesto cuatro ... cábalas.   No tengo cábalas. No tenía cábalas hasta que en mi primer parcial del CBC me puse mi remera de Paramore como una especie de "potenciador de suerte" totalmente irracional que, obvio, se convirtió en cábala. Mierda. Obvio que la usé en todos mis parciales. Llegué a hacer malabares los días que cursaba tres días seguidos para ponérmela igual, chivada y todo. Y cuando entré a FFYB decidí dejar las...

Bendita asociación

Lo que distingue al ser humano como tal, es, entre muchas otras cualidades, su capacidad de asociación. Cómo olvidarla, si no hay día que no la usemos. Recuerdos, aprendizajes, melodías, esos olores que aparecen para transportarnos, y toneladas de clichés similares. La cara bonita de la asociación. Pero (todos sabían que venía un pero , vamos, es mi blog ) también le salen unos cuantos tiros por la culata a los seres humanos con el temita de la asociación. Y como bien saben, yo soy un ser humano perseguido por la desgracia cotidiana, y hay veces que no puedo más que asociar para el culo. Lisa y llanamente para el culo. ¿Vieron que el conocimiento es para siempre? Bueno, la asociación también. ¿Para qué tanta introducción? Hace un par de semanas empecé a cursar en la UBA para bioquímica, y cómo no, tengo millones de caras que registrar. No soy mala en la tarea, de hecho hay gente que observo porque sé que cursan varias materias conmigo, y más de una vez me he presentado del modo má...

Historias

De vez en cuando busco las fotos viejas que guarda mi papá. Él es historiador y tiene sentido que tenga todo tan ordenado, tan perfectamente clasificado, tratamiento digno de cualquier historia para la suya propia.  Cuando veo las fotos de mis viejos, no sé muy bien en qué pienso. Ya quedó muy atrás la ilusión de que vuelvan, así que verlos juntos es más que nada raro. Pero verlos jóvenes me impacta mucho más. Miro sus ropas, las caras que ponían, a mi mamá con pelo largo y a mi papá siempre hablando cuando sacan la foto. Están de viaje, o con amigos, o sentados a la mesa con toda la familia. Se pasan la cámara para retratarse; se puede verlos desde el punto de vista del otro, cuando sonríen, cuando miran para abajo, cuando nadie debería estar viéndolos. Aparezco yo de vez en cuando, vamos al zoológico, tomamos el desayuno entre mantas, en una casa que no es la mía a pesar de que lo sea. Hasta que se acaban a mis siete años, lo que es lógico.  Hay cartas, postales, dedica...